Con el matrimonio muchas cosas cambian, por lo que la convivencia requiere que abordemos toda una serie de problemas y nuevas tareas. De hecho, cada pareja tiene sus propias costumbres y reglas, y sus necesidades y expectativas de cada integrante de la pareja también. Los derechos y deberes en relación a sí mismos y sus parejas tienen mucho que ver con lo que aprendió en la familia de origen. Cada uno tiene su propia imagen de lo corto que debe ser la vida de la pareja, su propio repertorio de reglas, su propia manera de ver y de hacer frente a determinadas situaciones, a su modo de relacionarse, sus expectativas de rol en sí mismo y en el otro.

Negociando en la pareja (cómo hacer concesiones sobre intereses, salidas, etc.) es poder ponerse de acuerdo en muchas cosas, y siempre es mejor buscar soluciones que satisfagan dentro de la participación e integración de las partes de la pareja, mientras que al mismo tiempo se mantienen la individualidad y la satisfacción de las necesidades personales con respeto a los demás. El diálogo, la colaboración y la confianza mutua son los ingredientes esenciales para una buena vida juntos.

Además, los cónyuges deben tener en cuenta las relaciones con sus familias de origen. El matrimonio es, de hecho, también el encuentro entre las dos familias que pertenecen a la pareja. Y en esto la pareja debe aprender a trazar los límites que definen la interferencia de sus padres en su territorio, lo cual no significa la ruptura de las relaciones sino mantenerlos en forma equilibrada, sin permitir la intrusión indebida en los asuntos que conciernen a la pareja. A menudo, la ayuda financiera de los padres de los jóvenes recién casados, generan obligaciones y adicciones nocivas. Bajo una ayuda generosamente otorgada, puede ser muy difícil luego frenar la intrusión inadecuada en sus propios problemas, como la administración del dinero, por ejemplo.

Los pactos y las obligaciones de cada cónyuge en relación a su familia de origen, pueden causar fricciones fuertes en la pareja. También hay que considerar qué razones llevaron a la decisión de casarse. Quizás la razón pudo haber sido escapar de una familia insoportable, o para emanciparse, un embarazo inesperado, o una decisión bien meditada. Pueden ocurrir peleas y enfrentamientos en la pareja en esta etapa, o a veces pueden ser silenciados y se evitan para no lastimar a la otra persona a fin de no perturbar la armonía del matrimonio, pero a la larga puede provocar una crisis mayor.